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Purmamarca en verano

Purmamarca en verano
Juli Cecere

Y sí, Buenos Aires no era la Argentina. Había algo mucho más allá del asfalto y los rascacielos. Había un norte. Había cerros, montañas, quebradas, lagos, llamas, guanacos, coyas y artesanos. Había un lugar llamado Purmamarca.

Purmamarca para la vida. En la ruta 52, a 65 km de San Salvador de Jujuy, se esboza ella, la bella Purmamarca. En nuestro norte, ahí está ese gigante pedazo del patrimonio de la humanidad que nos negamos a mirar con atención.

El cerro de los siete colores en Purmamarca. Es la postal típica norteña, esas paradisíacas pequeñas montañas pintadas por la naturaleza, gracias a la erosión, y al paso del tiempo. Esos cerros que cambian de color a gusto del sol. Son naranjas, rojos, cobrizos, verdes y azules. Son también violetas y ocres. La paleta que conozco no alcanza para describirlos.

Carnaval en la quebrada de Humahuaca. Fiesta popular, característica de nuestro norte, donde se baila y bebe. Al carnaval se juega, no se hace, ni se imita… se juega. Los participantes acaban endiablados. Tuve la suerte de estar en Purmamarca para carnaval y lo que viví  fue mágico. Felicidad en estado palpable. Harina, talco, témpera, tinta, lanza nieves, música, hojas de albahaca y risas. Esos eran los ingredientes para jugar al carnaval. No había turista que pudiera resistirse.

La Argentina es norte. En Purmamarca, vi belleza, vi simpleza y ví humildad. Oí tonadas, respiré aire de montaña, caminé por calles de tierra y percibí infinita naturaleza. Vi artesanías, turistas, oí folclore, y comí todo mamíferos de cuatro patas que se comercializara.

Amé Purmamarca, su sencillez y su encanto. El encanto de un pueblo que, si bien vive del turismo, sabe conservar su misticismo y su aire de cuento. Un lugar único en el mundo, un lugar para relajarse y soñar con nubes de colores.

 

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