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Que vuelvan los clásicos: los bodegones

Que vuelvan los clásicos: los bodegones
Juli Cecere

Quiero que reivindiquemos a los bodegones que todavía quedan en la Ciudad de Buenos Aires. Esos que todavía sirven albóndigas con arroz, carne al horno con papas, ñoquis con tuco, y puchero.

Digámosle un poco más que no al colchón de verdes con reducción agridulce, al bagel de salmon ahumado con philadelphia, y a la hamburgesa de quinoa con portobellos asados. Salgamos un poco más de los lugares cool, y miremos a los bodegones. No tengamos miedo de salir de nuestra zona de confort palermitana y, me incluyo, incursionemos un poco más en los clásicos porteños. Reivindiquemos esos lugares que le supieron dar brillo a nuestra ciudad.

Mozos con canas que recuerdan nuestro pedido, pingüinos llenos de vino tinto, mantel de papel, atención personalizada y platos sin decoración. De eso se tratan los bodegones. De platos que desbordan comida cuya única prioridad es el sabor. Dejan de lado la apariencia. Son platos de antaño. Platos con un dejo de nostalgia.

Hace poco fui a un bodegón, cené en El Rincón, ubicado en Uriburu y Las Heras. Comimos pan con manteca como para entrar en calor, luego atacamos la tortilla española. Una gloria. Pedimos pollo con puré de zapallo (si, puré Palermo, zapallo pisado con manteca y leche), matambrito al verdeo y filet de merluza. Eran platos sin grandes pretensiones pero abundantes y sabroso.

El bodegón tiene eso, hace que realmente te preocupes por comer más que por instagramear, twitear lo mal que te atendieron, o tratar de descifrar si el chico que se sentó a dos mesas tuyas con gafas enormes está bueno. No hay nada que te distraiga de tu mesa, porque al bodegón se va a comer.

Pido que reivindiquemos este clásico porteño, pensemos, ¿qué puede salir mal en pedir polenta con queso y salsa bolognesa en un bodegón de barrio? El clima otoñal da para salir por un guiso de lentejas, un locro o una paella. ¡Ataquemos, entonces!

 

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